POESIA DALL’URUGUAY: CLAUDIA MAGLIANO E IL CUORE DELLE PRUGNE (a cura di Lucia Cupertino)

Muro

 Da El corazón de las ciruelas, Ático y Civiles iletrados, Montevideo, 2017

selezione e traduzione inedita all’italiano di Lucia Cupertino

1.

Tu non credevi in dio, è ancora vero?
non credevi che qualcosa – lassù – ci guidasse.
Ciò nonostante un giorno andammo in chiesa,
ma ci stancò il sermone del prete
ci stancò quella lunga enumerazione di cose buone
perché dall’altra parte c’era la colpa
e visto che pensavi che ci sono cose più terribili della morte
uscivi dalla chiesa portando via i fiori.
Hai sempre detto che per essere santa bisognava prima conoscere il dolore.
L’assenza di tuo padre
s’impose troppo presto davanti agli occhi
e dovesti vedere il mondo
come si vede la polpa di un frutto che s’apre alla sua prima caduta.
Credevi che dio fosse un po’ tutti gli uomini
e un altro po’ il desiderio
ecco perché te ne andavi dalla chiesa con una manciata di fiori.
Ci sono cose più terribili della morte – ripetevi –
più terribili di dio e del sermone del prete
più terribili che trovare dio in tutti gli uomini.
Ecco perché te ne andavi
e mi portavi con te. E ci infilavamo nei giardini a ripartire fiori.
Ad alcuni spettava lo stelo, ad altri i petali trasparenti.
Ci lasciavamo alle spalle una traccia fiori come una scia profumata e dio era ovunque
perché anche lui aveva abbandonato la chiesa. Perché anche lui sapeva che ci sono cose più terribili della morte.
E allora nei giardini i semi sollevavano la terra e crescevano alberi e frutti e i frutti cadevano per la prima volta e se ne vedeva la polpa.

Vos no creías en dios ¿sigue siendo cierto?
no creías que algo –por encima- nos guiara.
Aun así un día fuimos a la iglesia,
pero nos cansó el sermón del párroco
nos cansó esa larga enumeración de cosas buenas
porque del otro lado estaba la culpa
y como vos pensabas que hay cosas más terribles que la muerte
salías de la iglesia llevándote las flores.
Siempre dijiste que para ser santa había primero que conocer el dolor.
La ausencia de tu padre
se te puso demasiado pronto ante los ojos
y tuviste que ver el mundo
como se ve la pulpa de un fruto que se abre en su primera caída.
Creías que dios era un poco todos los hombres
y otro poco el deseo
por eso te ibas de la iglesia con un puñado de flores.
Hay cosas más terribles que la muerte –repetías-
más terribles que dios y el sermón del párroco
más terribles que encontrar a dios en todos los hombres.
Por eso te ibas
y me llevabas contigo. Y nos metíamos en los jardines repartiendo las flores.
A algunos les tocaba el tallo, a otros los pétalos transparentes.
Íbamos dejando un rastro de flores como una estela perfumada y dios estaba en todas partes porque también él
había abandonado la iglesia. Porque también él sabía que hay cosas más terribles que la muerte.
Y entonces en los jardines las semillas levantaban la tierra y crecían árboles y frutos y los frutos caían por primera vez y se veía la pulpa.

* * *

2.

Toccava raccogliere pietre sulla riva del fiume.
Le migliori erano le più sottili e rotonde. Come se fossero monete.
L’arte di farle saltare sull’acqua per formare cerchi me l’aveva trasmessa mio padre.
Quell’estate di piogge intermittenti lo passammo in casa a giocare a carte.
Non eravamo mai stati tutti e tre insieme così tanti giorni in una stanza in cui oltre a due
letti c’erano anche un frigorifero, dei fornelli e un tavolo.
Era come la casa delle storie. La stessa di cui mi leggevi tante volte prima di dormire.
Il padre a capotavola conducendo la partita.
La madre lavando le pentole.

Il pomeriggio in cui la pioggia finì, andammo al fiume. Raccogliemmo pietre e lumache. Le vongole formavano piccoli pozzi nella sabbia e le sentivamo muoversi.
Portammo un secchio con due o tre pesci ancora vivi.
Mio padre non ha mai saputo pescare, ce lo regalò un uomo con cui facemmo una lunga chiaccherata sui pericoli dell’acqua.
Di notte non riuscì a dormire pensando ai pesci.
Al mattino mio padre preparò il caffè. Il vapore che sprigionavano le tazze riportava il ricordo di altre mattine.
Dopo colazione tornammo al fiume per lasciare i pesci coi pesci e riempirci le tasche di pietre.
Le migliori sono quelle sottili e rotonde, disse mio padre mentre prendeva slancio e le lanciava una dopo l’altra verso il centro dell’acqua.
I pesci saltavano in aria. Le pinne gli si aprivano come remi.
Alla fine della giornata tutto era al suo posto.
Il padre a capotavola conducendo la partita.
La madre lavando le pentole.

Io collocai pietra su pietra fino a fare una parete. Dall’altra parte della stanza, due letti e un frigorifero. Come la casa delle storie di cui tante volte mi leggevi prima di dormire.

Teníamos que juntar piedras a la orilla del río.
Las mejores eran las más delgadas y redondas. Como si fueran monedas.
El arte de hacerlas saltar sobre el agua para que formaran círculos me lo había enseñado mi padre.
Aquel verano de lluvias intermitentes lo pasamos adentro de la casa jugando a las cartas.
Nunca habíamos estado los tres juntos tantos días adentro de una habitación en la que además de dos camas había también una heladera, un fogón y una mesa.
Era como la casa de los cuentos. La misma que me leíste tantas veces antes de dormir.
El padre en la cabecera dirigiendo la partida.
La madre lavando las ollas.

La tarde en que cesó la lluvia fuimos al río. Recolectábamos piedras y caracoles. Las almejas hacían pequeños pozos en la arena y las sentíamos moverse.
Trajimos un balde con dos o tres peces que todavía estaban vivos.
Mi padre nunca supo pescar, nos lo regaló un hombre con el que tuvimos una larga conversación sobre los peligros del agua.
Por la noche no pude dormir pensando en los peces.
A la mañana mi padre preparó el café. El humo que salía de las tazas trajo el recuerdo de otras mañanas.
Después del desayuno volvimos al río para dejar los peces junto a los peces y llenarnos los bolsillos de piedras.
Las mejores son las delgadas y redondas, dijo mi padre mientras tomaba impulso y las lanzaba una tras otras hacia el centro del agua.
Los peces saltaban en el aire. Las aletas se les abrían como remos.
Al final del día todo estaba en su sitio.
El padre en la cabecera de la mesa dirigiendo la partida.
La madre lavando las ollas.
Yo puse piedra sobre piedra hasta hacer una pared. Del otro lado de la habitación, dos camas y una heladera. Como la casa de los cuentos que tantas veces me leíste antes de dormir.

* * *

3.

Un pomeriggio giocavamo a vedere il mare. Un altro facevamo finta
d’essere fattorini del latte.
In casa c’erano vecchie monete. Un barattolo pieno di monete antiche arrugginite dalla pioggia.
Tutto tornava utile alla nostra trovata nel pesante pomeriggio estivo.
Un muro separava la tua casa dalla mia. Imparammo a parlare sui muri.
Le voci rimbombavano nel frondoso paesaggio del giardino.
Le aiuole dove un tempo ci furono pomodori, erano ponti che univano città.
Un paese costruito sul raccolto.
In un altro barattolo raccoglievamo la luce all’interno di piccoli insetti.
Il muro che separava le nostre case era stato una fortezza. Me lo dissero una volta in cui il sonno
mi veniva addosso insieme alle bambole che si trasformavano in bimbe crudeli al calar della notte.
Sopra il muro, parlavamo.
Erano grida di guerra. Come una preghiera che si ripete una volta e mille volte per mettersi in salvo.
Quel pomeriggio che giocavamo a vedere il mare, mi issai sul tuo corpo come se tu fossi una barca.
Tutto il mio peso sulla tua schiena.
Qualcuno ci vide muovere i remi.
La luce era uno scandalo e ci chiudeva gli occhi.
Sui muri della strada sagome bianche mentre qualcuno si perdeva in un bosco.
Quel muro era stato una fortezza.
Me lo raccontò mio padre quando sbattevamo le pentole sotto il tavolo della cucina.
Giocavamo a vedere il mare e a distribuire il latte. C’era un barattolo di monete arrugginite che l’acqua portò fino alla riva.
Avevamo costruito un paese contro i muri.
Avevamo imparato a parlare sbattendo le pareti.

Una tarde jugábamos a ver el mar. Otra hacíamos de cuenta que
éramos repartidores de leche.
En casa había monedas viejas. Un frasco lleno de monedas antiguas oxidadas por la lluvia.
Todo era útil para nuestro invento en la pesada tarde del verano.
Una muralla separaba tu casa de la mía. Aprendimos a hablar sobre los muros.
Las voces retumbaban en el frondoso paisaje del jardín.
Los canteros donde un tiempo hubo tomates, eran puentes que unían ciudades.
Un país construido sobre la cosecha.
En otro frasco recogíamos la luz adentro de pequeños insectos.
El muro que separaba nuestras casas había sido una fortaleza. Me lo contaron una vez en que el sueño se me venía encima junto con las muñecas que se transformaban en niñas crueles al caer la noche.
Por encima del muro, hablábamos.
Eran gritos de guerra. Como una oración que se repite una y mil veces para estar a salvo.
Esa tarde en que jugábamos a ver el mar me paré sobre tu cuerpo como si fueras una barca.
Todo mi peso sobre tu espalda.
Alguien nos vio mover los remos.
La luz era un escándalo y nos cerraba los ojos.
En los muros de la calle siluetas blancas mientras alguien se perdía en un bosque.
Ese muro había sido una fortaleza.
Me lo contó mi padre cuando golpeábamos las ollas debajo de la mesa de la cocina.
Jugábamos a ver el mar y a repartir la leche. Había un frasco de monedas herrumbradas que el agua trajo hasta la orilla.
Habíamos construido un país contra los muros.
Habíamos aprendido a hablar golpeando las paredes.

 

 

Claudia MaglianoCLAUDIA MAGLIANO, Montevideo, 1974.

È professoressa di Lettere, diplomata presso l’Instituto de Profesores Artigas (IPA). Ha pubblicato i libri: Nada (premio poesia della Asociación de Bancarios AEBU e della Casa de los Escritores del Uruguay, 2005); Res, Ático Ediciones (primo premio per la poesia edita del Ministero dell’Istruzione e della Cultura dell’Uruguay, 2012); El corazón de las ciruelas, coedizione Ático e Civiles iletrados (menzione in poesia inedita nel 2016 e menzione in poesia nel 2019 ai premi annuali del Ministero dell’Istruzione e della Cultura dell’Uruguay); Aquí habita la calma, editorial La coqueta; Lo trágico es el olvido, editorial Letras cascabeleras (menzione al concorso poetico di Letras Cascabeleras, Cáceres, Spagna, 2017). I suoi testi sono inclusi in varie pubblicazioni collettive.

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Immagine in evidenza: Muro di pietre, Pixabay.

Riguardo il macchinista

Lucia Cupertino

LUCIA CUPERTINO (1986, Polignano a Mare). Scrittrice, antropologa culturale e traduttrice. Laureata in Antropologia culturale ed etnologia (Università di Bologna), ha conseguito un Master in Antropologia delle Americhe (Università Complutense di Madrid) con tesi sulla traduzione di fonti letterarie nahuatl. Vive da tempo tra America latina e Italia, con soggiorni più brevi in Australia, Germania e Spagna, legati a progetti di ricerca, educativi e di agroecologia. Scrive in italiano e spagnolo e ha pubblicato: Mar di Tasman (Isola, Bologna, 2014); Non ha tetto la mia casa - No tiene techo mi casa (Casa de poesía, San José, 2016, in italiano e spagnolo, Premio comunitarismo di Versante Ripido); il libro-origami Cinco poemas de Lucia Cupertino (Los ablucionistas, Città del Messico, 2017). Suoi lavori poetici e di narrativa sono apparsi in riviste e antologie italiane e internazionali. Parte della sua opera è stata tradotta in inglese, cinese, spagnolo, bengali e albanese. È curatrice di 43 poeti per Ayotzinapa. Voci per il Messico e i suoi desaparecidos (Arcoiris, Salerno, 2016, menzione critica nel Premio di traduzione letteraria Lilec – Università di Bologna); Muovimenti. Segnali da un mondo viandante (Terre d’Ulivi, Lecce, 2016) e Canodromo di Bárbara Belloc (Fili d’Aquilone, Roma, 2018). Membro della giuria del Premio Trilce 2018, Sydney, in collaborazione con l’Instituto Cervantes. Cofondatrice della web di scritture dal mondo www.lamacchinasognante.com, con la quale promuove iniziative letterarie e culturali in Italia e all’estero.

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